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29.11.09

Oposiciones, dualidades y complementos


En todo ámbito de situaciones acostumbramos a trabajar con categorías y clasificaciones de bases dicotómicas, esto es, que generan pares habitualmente opuestos. Si bien esto tiene un claro asidero en los mismos fenómenos naturales (p. ej. día y noche), la posterior adjudicación de un “valor” a cada uno de estos elementos es algo intrínsicamente humano (p. ej. el día es “sereno” y la noche “peligrosa”). Estos “pares de opuestos” son reconocibles en todo ámbito del quehacer humano, y la adjudicación de un “valor” nos lleva habitualmente a optar por aquel que es considerado (social o culturalmente) superior o bueno, en desmedro del que se considera inferior o malo.
Este elemento separador, que genera el par, puede ser artificioso. Siguiendo el mismo ejemplo anterior, si consideramos como unidad el ciclo de rotación terrestre, esto es, las 24 horas del día, podemos considerar que existe una dualidad en él, delimitada por la posición relativa del sol respecto a la tierra en rotación, que genera el día y la noche como elementos distintos pero inseparables del propio ciclo. En esta forma de entendimiento, resulta difícil optar por uno de los elementos del par, ya que la eliminación virtual o real de uno de ellos inevitablemente genera la desaparición del otro. Sin embargo, está claro que ambas parte del ciclo no son iguales, y las posibilidades de acción humana inherentes a cada una de ellas son diferentes. El reconocimiento de ambos elementos de la dualidad nos abre las puertas al uso conciente de las fuerzas propias de cada uno de ellos, sin necesidad de negar alguno.
Considerar a estos elementos como complementarios es reconocer que uno no podría existir sin el otro, que es precisamente esta diferencia relativa entre ellos la que es capaz de generar la categoría que a su vez les otorgará sus atributos distintivos. La filosofía oriental reconoció esta complementariedad hace milenios, y la graficó en el Yin-Yang, donde cada elemento contiene a su contrario, y su división es sinuosa y dinámica.

6.9.09

El mítico Oriente


Durante la Edad Media, los mapas situaban en los límites del mundo conocido al reino del Preste Juan. Para llegar a él había que marchar hacia el oriente, por tierras pobladas de seres extraños: humanoides con un solo pié (esciápodos), otros acéfalos con los ojos y boca sobre el abdomen (blemios), y bestias quiméricas de todo tipo. Al final de la travesía se arribaría a un reino extenso, desde donde habrían partido los Reyes Magos que adoraron a Jesús recién nacido, y adonde habría sido llevado posteriormente el Santo Grial. Un reino cristiano en los límites del mundo y depósito de los más elevados conocimientos humanos.
También en oriente se encontraría la entrada a Agartha, el reino subterráneo donde habitaría una raza superior a la humana, tanto en tecnología como en espiritualidad. El acceso a su capital, Shambhala (o Shangri-Lá), se encontraría oculto entre los montes Himalayas, pero el reino mismo se extendería por debajo de casi toda la corteza terrestre.
Sólo con las crónicas de los viajes de Marco Polo, aparecidas sobre el año 1300, se desdibuja en parte la imagen fantasiosa que se tenía de oriente. Sólo en parte, pues el tema de Agartha fue reflotado a principios del siglo XX por las sociedades gnósticas y ocultistas, e incluso se envió una comisión de estudiosos nazis al Tíbet, con objeto de tomar contacto con los habitantes de Shambhala.
Hoy sabemos, de acuerdo a investigaciones genéticas recientes, que el Homo sapiens llegó a lo que actualmente es China e India alrededor de 60 mil años atrás, al menos 10 mil años antes que a Europa. Los primeros vestigios de algún tipo de civilización en la zona asiática datarían de unos 5 o 6 mil años atrás. La teoría de las razas protoindoeuropeas (o arias) pretende establecer que el origen de las lenguas que se hablan en gran parte de Europa es el idioma sánscrito originado en la India.
Se sabe que existió contacto comercial y cultural entre el mundo occidental, concretamente civilización griega y romana, con los habitantes de dicha área geográfica a través de la milenaria “Ruta de la seda”. Pero al parecer las dificultades asociadas a dichas travesías eran tales que prevalecieron con más fuerza las leyendas que los frutos reales de dicho intercambio.

28.4.08

El libro de los muertos tibetano


La primera vez que supe de este libro fue allá por el 2004. En ese tiempo, cada tarde de Lunes, Warken conducía un programa por Radio Concierto, dedicado por cierto a la literatura.
Esa vez entrevistaba a una mujer que trabajaba con moribundos, y se refirieron a este libro como "una fenomenología de la muerte". Expresión más que suficiente para despertar mi curiosidad. Una curiosidad que descansó por cerca de 3 años, hasta que me sentí preparado para saber de qué se trataba todo eso.
Como en gran parte de los libros, el prefacio se aboca a elogiar la traducción que uno tiene entre manos y denigrar las anteriores por "poco rigurosas". En el caso de esta edición, se agrega que es la primera traducción realizada al español directamente desde el texto tibetano (anteriormente se hacían desde el inglés).
El libro en sí se atribuye a un hallazgo, como muchos que cada cierto tiempo se realizan en el Tíbet, de textos o reliquias budistas que generaciones anteriores han dejado para provecho espiritual de los hombres venideros. Los créditos se los lleva un "buscador de tesoros".
El libro en sí son las indicaciones que deben ser leídas al muerto durante su agonía y días posteriores a la muerte misma. Dichas indicaciones lo guiarán en este "estado intermedio" y lo conducirán al estado búdico postmortem, sacándolo de la rueda samsárica de sucesivas encarnaciones. Las indicaciones lo tranquilizarán cuando se enfrente a las visiones de los espíritus apacibles e iracundos, aclarándole que éstos no tienen una existencia real, sino que son proyecciones arquetípicas de las distintas facetas humanas, productos de su consciencia. Por cierto que lo que subyace a esto, es decir, quien "oye" todas estas indicaciones, es la consciencia trascendente del muerto, que en esta etapa adquiere una gran lucidez.
Y en caso de no alcanzar el estado búdico, el objetivo mínimo que se plantea el texto es conducir al muerto a ingresar a una matriz (encarnar) que le permita en una nueva vida profundizar en su desarrollo espiritual, permitiéndole al cabo de ésta salir de la rueda samsárica.
Un texto inquietante, con una descripción detalladísima de las diversas visiones que debe enfrentar el muerto y de la angustia que éstas originan. No apto para leer en cualquier momento. Aunque sí tal vez para oírlo en el momento oportuno.

"El libro de los muertos tibetano", Ediciones Siruela, Madrid, 1999.