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21.4.13

Espectralidad y fotografía

Eugene Atget: Parc de Sceaux, mars, 7 h. matin (1925)
En su origen, la fotografía fue en «blanco y negro». Pese a que la imagen es visualizada en una gama de tonos grises, tal vez ese afán discursivo de categorizar lo existente mediante oposiciones, o tal vez la búsqueda de una terminología simple, hizo prevalecer la nomenclatura binaria. Lo cierto es que, por casi un siglo, los daguerrotipos y su descendencia carecieron de colores, salvo que éstos fueran aplicados posteriormente al sustrato en que se presentaba la imagen; o que, en forma experimental, se tomaran tres negativos sucesivos de la misma escena aplicando filtros al lente, y luego se combinaran sobre un mismo soporte las tres imágenes obtenidas. La fotografía «a color» recién comenzó a masificarse a partir de 1935, y ambas modalidades coexistieron hasta la irrupción de la fotografía digital, técnica en la que el tratamiento del color es determinado durante el procesado informático.
Benjamin recoge la impresión generada en el siglo XIX por la novedosa técnica, citando «la frase con la que el viejo Dauthendey habla de la daguerrotipia: ‹[…] Recelábamos ante la nitidez de esos personajes y creíamos que sus pequeños, minúsculos rostros podían, desde la imagen, mirarnos a nosotros: tan desconcertante era el efecto de la nitidez insólita y de la insólita fidelidad a la naturaleza de las primeras daguerrotipias›.»[1]  Por su parte, Susan Sontag recoge una apreciación de Fox Talbot que figura en su texto The Pencil of Nature (1844-1846), y señala que «los primeros fotógrafos hablaban como si la cámara fuera una copiadora; como si cuando una persona opera una cámara, fuera la cámara la que ve. […] La cámara se le ocurrió a Fox Talbot como un nuevo modo de notación cuyo atractivo era precisamente la impersonalidad, pues registraba una imagen «natural», o sea una imagen que llega a existir ‹con la sola mediación de la Luz, sin ninguna ayuda del lápiz del artista›.»[2]  Hoy, ya acostumbrados a la resolución de «imágenes HD», no puede dejar de sorprender esa mención a la «nitidez insólita» y la forma privilegiada en que se consideraba estar captando la naturaleza en aquellos lejanos años. Más aún si consideramos que, en sus inicios, la técnica requería de exposiciones prolongadas y abundancia de luminosidad, idealmente al aire libre. Y el resultado, la imagen que era exhibida a los atónitos testigos del prodigio, les entregaba una visión de la noche obtenida a plena luz de día. Porque la fisiología de la visión humana, en condiciones de escasa iluminación, no permite distinguir los colores: la visión nocturna es en blanco y negro, difusa, imprecisa. Sobre esto, Derrida plantea que «lo que pasa con la espectralidad, con la fantasmalidad —no necesariamente con las apariciones [revenance]—, es que entonces se vuelve casi visible lo que sólo lo es en la medida en que no se lo ve en carne y hueso. Es una visibilidad nocturna. Desde que hay tecnología de la imagen, la visibilidad lleva la noche. Se encarna en un cuerpo de noche, irradia una luz nocturna».[3]  ¿Cómo comprender, entonces, esa «insólita fidelidad a la naturaleza» señalada por el viejo Dauthendey (una naturaleza extrañamente incolora) coexistiendo con el recelo ante «esos personajes»? ¿Cómo se generaba ese profundo extrañamiento? Sigmund Freud, recurriendo a Schelling, entrega una pista: «Se llama unheimlich [siniestro u ominoso] a todo lo que estando destinado a permanecer en el secreto, en lo oculto, (…) ha salido a la luz».[4]
Por casi 100 años la fotografía sólo pudo presentar la realidad en su apariencia nocturna. Y la noche, es bien sabido, es el tiempo privilegiado para el dormir (y por lo tanto el soñar), pero también para que emerja lo sobrenatural. En la mitología griega, Hypnos era hermano de Tánatos, y ambos hijos de Nix (la noche) sin intervención masculina, aunque según algunos relatos el padre era Érebo (la oscuridad). En su contraparte, la luz (o luminosidad) aparece desde antaño asociada a la divinidad y por lo tanto a la belleza y perfección: «Desde el Bel semítico, desde el Ra egipcio, desde el Ahura Mazda iraní, todos personificaciones del sol o de la benéfica acción de la luz, hasta, naturalmente, el platónico sol de las ideas, el Bien».[5]  Confluencia mítica, pero persistente, de la noche (con el dormir y el soñar), la locura y la muerte, tal como advierte Horacio al Príncipe Hamlet cuando el espectro le hace señas para que lo siga: «Señor, ¿y si os atrae hacia las olas, o hacia la espantosa cumbre de esa roca escarpada, que avanza mar adentro, y asume allí alguna otra forma horrible, que pueda privaros del imperio de la razón y arrastraros a la locura?».[6]  O como el mismo Príncipe reflexiona con posterioridad: «¡Morir…, dormir! ¡Dormir!... ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida!».[7]  Los relatos orales, escritos o visuales (o, si se prefiere, folclóricos, literarios o cinematográficos, respectivamente), presentan las apariciones de los fantasmas o espectros generalmente asociados a dos condiciones: la alteración del estado mental o la noche. La noche en general, pero también en particular en algunas noches, determinadas por los ciclos lunares o solares (como Halloween, Walpurgisnacht, Noche de San Juan, etc.). Es decir, la noche en relación al día, a la luminosidad de ciertos días, a la oposición luz/oscuridad, análoga a la oposición blanco/negro de una imagen «inmoral, irreligiosa o diabólica (como ciertas personas declararon cuando el advenimiento de la Fotografía)».[8]  ¿Será este uno de los motivos por los cuales las imágenes en blanco y negro, sobre todo del siglo XIX, impresionan como más fantasmagóricas que las posteriores a color? Para Barthes «el color es una capa fijada ulteriormente sobre la verdad original del Blanco y Negro. El Color es para mí un postizo, un afeite (como aquellos que se les prodiga a los cadáveres)».[9]

[1] Benjamin, W. “Pequeña historia de la fotografía”, en Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Buenos Aires: Taurus, 1989, p. 68
[2] Sontag, S. “El heroísmo de la visión”, en Sobre la fotografía. México D.F.: Alfaguara, 2006, p. 129
[3] Derrida, J., Stiegler, B. Ecografías de la televisión. Entrevistas filmadas. Buenos Aires: Universitaria, 1998, p. 145
[4] Freud, S. “Lo ominoso (1919)”, en Obras Completas. Tomo XVII. Buenos Aires: Amorrortu, 1992, p. 224
[5] Eco, U. Arte y belleza en la estética medieval. Buenos Aires: Random House Mondadori, 2012, p. 79
[6] Shakespeare, W. “Hamlet, Príncipe de Dinamarca”, en Obras Completas. Madrid: M. Aguilar, 1945, p. 1176
[7] Ibíd., p. 1190 y s.
[8] Barthes, R. La cámara lúcida. Nota sobre la fotografía. Barcelona: Paidós Ibérica, 1989, p. 177
[9] Ibíd., p. 128

Espectralidad y cine

Fotograma de Ghost Dance (1983)
La imagen en movimiento (presentada o re-presentada) propia del cine fue prontamente articulada con el psicoanálisis por Walter Benjamin apelando, entre otros elementos, a la contemporaneidad en el surgimiento de ambos. Para este autor, «el cine no sólo se caracteriza por la manera como el hombre se presenta ante el aparato, sino además por cómo con ayuda de éste se representa el mundo en torno. […] El cine ha enriquecido nuestro mundo perceptivo con métodos que de hecho se explicarían por los de la teoría freudiana».[1]  Surgiría una nueva forma de mirar y comprender, una forma distinta de apreciar lo que, hasta ese momento, parecía evidente, claro y distinto. La fotografía primero, y poco después el cine, configurarían una especie de cambio de paradigma en la interacción cotidiana con la realidad, mediada por (aunque no estrictamente limitada a) el uso de un aparato técnico específico. En un intento por delimitar más allá de lo obvio (proceso, sustrato, tecnología involucrada, etc.) la pintura de la fotografía, el mismo autor plantea: «La naturaleza que habla a la cámara es distinta de la que habla a los ojos [del pintor]; distinta sobre todo porque un espacio elaborado inconscientemente aparece en lugar de un espacio que el hombre ha elaborado con consciencia. […] Sólo gracias a ella percibimos ese inconsciente óptico, igual que sólo gracias al psicoanálisis percibimos el inconsciente pulsional».[2]  Tempranamente también, Benjamin constata el vínculo que se comienza a esbozar entre esta nueva forma de acceder a lo cotidiano y el ámbito de lo sobrenatural, y cita lo señalado por Franz Werfel en un texto de 1935: «El cine no ha captado todavía su verdadero sentido, sus posibilidades reales… Estas consisten en su capacidad singularísima para expresar, con medios naturales y con una fuerza de convicción incomparable, lo quimérico, lo maravilloso, lo sobrenatural».[3]

Esta articulación propuesta por Benjamin es llevada más allá por Derrida. En una escena del film Ghost Dance (1983), en la que participa interpretándose a sí mismo, plantea: «Psicoanálisis más cine igual a… ciencia de los fantasmas». Casi 10 años después comenta esa idea surgida en medio de una escena improvisada: «desde el momento en que tenemos que vérnosla con el fantasma, es algo que desborda, si no la cientificidad en general, sí al menos lo que durante mucho tiempo la ajustó a lo real, lo objetivo, lo que no es o no debería ser, precisamente, fantasmagórico. Es en nombre de la cientificidad de la ciencia que se conjuran los fantasmas o se condena el oscurantismo, el espiritismo, en suma, todo lo que se refiere a la obsesión y los espectros».[4]  Recurrentemente en Derrida se puede encontrar lo ya señalado respecto al saber (asociado aquí al conocimiento científico) y el creer, ya que en la pantalla cinematográfica se observan «apariciones en las que, como en la caverna de Platón, el espectador cree, apariciones que a veces idolatra. Ya que la dimensión espectral no es la del viviente ni la del muerto, ni la de la alucinación, ni la de la percepción; la modalidad del creer relacionada con ella debe ser analizada de modo absolutamente original».[5] 

El cine ampliaría las posibilidades de presentación y re-presentación que había abierto en su momento la fotografía. Más allá de presentar un instante estático de lo que fue, el movimiento de la imagen y las repercusiones inconscientes que conlleva el visionado de un film potenciarían la espectralidad y la ubicarían en el intersticio que se configura entre la pantalla y la mente del espectador.

[1] Benjamin, W. “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, en Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Buenos Aires: Taurus, 1989, p. 46
[2] Benjamin, W. “Pequeña historia de la fotografía”, Op. cit., p. 66 y s.
[3] Benjamin, W. “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, Op. cit.,p. 33 y s.
[4] Derrida, J., Stiegler, B. Ecografías de la televisión. Entrevistas filmadas. Buenos Aires: Universitaria, 1998, p. 147
[5] Derrida, J. El cine y sus fantasmas. Entrevista por Antoine de Baecque y Thierry Jousse. Publicado en Cahiers du cinéma, n° 556, abril 2001.

26.6.11

Éticas libertarias para el Tercer Milenio: el Hedonismo reivindicado

Como he mencionado en un texto previo, toda Ética se funda en último (o primer) término en una filosofía particular. En el caso específico de nuestra “cultura occidental”, el sincretismo entre la filosofía idealista platónica y el cristianismo fue institucionalizado en el Imperio Romano a partir del año 380, mediante el Edicto de Tesalónica.
A partir de ese momento entran en una oscura zona de olvido (a veces incluso en la zona de la herejía) aquellas variantes del pensamiento griego que no eran conciliables con una religión monoteísta centrada en la salvación de las almas y en la vida ultraterrena post-mortem. Aquellas filosofías denominadas materialistas, que no despreciaban la corporalidad y que defendían su relevancia en el desarrollo pleno del Ser Humano, entraban en abierta contradicción con la religión oficial del Imperio Romano y por lo tanto con la institucionalidad eclesiástica que surgió a su alero.
Éticas basadas en la legitimidad de la felicidad (Eudemonismo) o del placer (Hedonismo) son escasamente analizadas o estudiadas cuando se habla de la Filosofía en general. Michel Onfray, filósofo francés contemporáneo, recoge el desafío de presentar dichas ideas apartadas durante siglos de los discursos filosóficos habituales, y propone específicamente la validez de una Ética materialista autónoma, fundada en y para el Ser Humano. Decidido a reivindicar el materialismo como verdadera opción filosófica, y por lo tanto ética, busca develar los diversos discursos que a lo largo de los siglos han generado y sostenido el menosprecio por el cuerpo, el considerarlo como “la prisión del alma”, como un elemento ajeno a la “verdadera” esencia del Ser Humano.
En su libro “Teoría del Cuerpo Enamorado” (vaya nombre), Onfray realiza un verdadero elogio del Hedonismo, rastreando la genealogía del deseo, analizando la lógica del placer y planteando una teoría de las disposiciones. Por supuesto, todo con un sentido del humor (negro) que hace de la lectura un verdadero placer, en las antípodas de los habituales textos de filosofía plagados de academicismo platónico.
Y a propósito del ilustre Platón, dejo una cita extractada del libro en comento:

En los instantes decisivos de los combates filosóficos actuales, ¿quién se acuerda aún de que Platón, al que no le gustaban los poetas y pretendía expulsarlos de su ciudad ideal, acaricia poderosamente el proyecto de levantar una gran pira purificadora con el objeto de precipitar en ella las obras completas de Demócrito, al que aborrece hasta el punto de querer borrar su huella del planeta?

"Teoría del Cuerpo Enamorado" de Michel Onfray en Internet

10.6.11

Un pequeño esbozo de Ética para principiantes








La Ética, definida habitualmente como “la doctrina de las costumbres”, no solamente constituye un análisis filosófico de los fundamentos y fines de las conductas humanas, sino que forma parte de cada acto cotidiano que realizamos.
José Ortega y Gasset, en su texto “Meditaciones del Quijote”, señala: Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Si asumimos que esta “circunstancia” abarca tanto el entorno humano como el entorno natural en el cual vivimos, nuestro actuar necesariamente debiera buscar la armonía entre nuestra individualidad y lo que nos rodea. Las costumbres, conductas y actos estudiados por la Ética, se expresan materialmente en relación a la “circunstancia” que postula Ortega y Gasset.
El vocablo griego Ethos se traduce como “costumbre”, y lo mismo ocurre con el vocablo latino Mos (o Mores). De allí que en ocasiones ética y moral se usen indistintamente.
Aristóteles distinguía las virtudes éticas (aquellas que se desenvolvían en la práctica) de las virtudes dianoéticas (aquellas que eran intelectuales); por lo tanto, inicialmente se usaba el término como un adjetivo para clasificar a las virtudes.
En un sentido más estricto, se considera a la Ética como aquella disciplina que estudia las ideas morales presentes en las personas y en el medio social, analizándolas desde una perspectiva filosófica, y buscando esclarecer los orígenes y alcances de estas ideas. Se desprende de esta conceptualización de la Ética que distintas épocas, distintas culturas y distintos grupos humanos al interior de estas mismas culturas, pueden tener ideas y costumbres morales disímiles, ya que éstas se fundan, explícita o implícitamente, en una forma particular de entender el concepto del Ser Humano; lo que equivale a decir que se fundan en una filosofía particular.
Lo que habitualmente denominamos “cultura occidental” tiene como fuentes principales al pensamiento griego y al cristianismo, una vez que el Imperio Romano lo adoptó como religión oficial. La filosofía por muchos siglos estuvo supeditada a la religión católica, y por lo tanto la ética predominante fue de tipo heterónoma, o más precisamente teónoma, es decir, fundamentaba los principios morales en Dios y sus mandamientos. El fin último en este marco ético es la salvación de las almas y la vida eterna, lo que se conoce como ulteriorismo. Esto significó dejar de lado aspectos de la ética griega que resultaban incompatibles con las ideas morales cristianas, como aquellos que defendían la legitimidad de la felicidad (Eudemonismo) o del placer (Hedonismo) para la realización del Ser Humano. A su vez, asimiló sin mayor dificultad postulados griegos que resultaban concordantes con la Teología, como la equiparación de lo bueno con lo verdadero, ya que dentro de dicho marco ambos conceptos forman parte de los atributos propios de la divinidad.
El Humanismo post-renacentista vino a poner en tela de juicio, entre muchas otras cosas, la ética basada en una religión. Desde una perspectiva humanista resulta válido fundar las ideas morales en las facultades intelectuales o de sentido común propias del Ser Humano, lo cual hizo resurgir una ética autónoma, que ya existía en la Grecia Clásica, y que fue consolidada por el pensador alemán Immanuel Kant (1724-1804). A partir de entonces, adquiere nueva validez y fuerza la ética laica, que funda la legimitidad de los principios que postula en el propio Ser Humano.

El escritor francés del siglo XVI François Rabelais, en su libro “Gargantúa y Pantagruel”, sitúa la siguiente inscripción en la entrada de la Abadía de Thelema:
Haz tu Voluntad. Porque los hombres que son libres, bien nacidos, bien educados y rodeados de buenas compañías, tienen ese instinto natural y esa espontaneidad que les compelen a las acciones virtuosas y los aleja del vicio, y que se llama honor”.


(Un buen texto sobre el tema es "Historia de la ética", de Alasdair MacIntyre)

16.6.06

El Espectador

Escarbando en la biblioteca he encontrado una serie de 6 libros bajo este nombre. No son actuales, pero iluminan la actualidad, la vida cotidiana. Es una serie de libros escritos por Ortega y Gasset desde el 1910, en los cuales reune artículos, ensayos y en general textos sobre diversas situaciones, experiencias o cuestionamientos. Sí, parece un blog, pero impreso y de hace una centuria atrás.
La claridad es su don. También la prosa ágil, el humor negro (bien dosificado), la crítica social y política a su entorno. A su "circunstancia", como el gustaba llamarla.
Es fácil encontrar en sus reflexiones la simiente del posmodernismo. Ya en el primer texto, en la sección "Confesiones del Espectador", plantea que la realidad es una, pero depende de la perspectiva del que la mira la descripción que de ella puede hacerse. El discurso, la anhelada "verdad", es inseparable del que habla.
Su lectura ha constituido en estos días invernales un verdadero placer para mi gélido cerebro. Ojalá comparta con tan ilustre tocayo algún gen de lucidez, de observación, de agudeza. Mientras tanto, sus textos iluminan mis tardes.

12.1.06

El debate Chomsky-Foucault


Esos sí que eran debates... El año 1971, un canal de televisión holandés transmitió este debate histórico.
Chomsky contaba con 43años, y se encontraba como profesor de Lenguaje y Lingüística Modernos en el MIT. Foucault, de 45 años, había sido recientemente nombrado profesor en el Collège de France de la cátedra Historia de los Sistemas de Pensamiento.

El debate constó de 2 partes, bajo el tema general de la "Naturaleza Humana".
En la primera se debatieron los principales postulados de cada uno en relación a la generación de nuevo conocimiento en el ámbito de la ciencia. El enfasis de Chomsky estaba en la estructura de la mente humana que permite el surgimiento de las teorías científicas, mientras que Foucault abogaba por las estructuras sociales, principalmente el poder y su relación con el sujeto, como condicionador de los "avances" de la ciencia desde el siglo XVII.
En la segunda parte, el debate giró hacia la política y su relación con el hombre y la sociedad.

Es decidor del espíritu de la época el tipo de intervenciones que tenía el moderador. Intentaba una suerte de debate de Norteamérica vs Europa, casi como si de la Guerra Fría se tratara. La gran mayoría de las veces, intentaba que los argumentos de ambos se plantearan como opuestos, y que se pudieran marcar claramente las diferencias y oposiciones entre ambos. Resulta claro que ambas posiciones y líneas de trabajo no son incompatibles, sino complementarias, y así lo dejan ver en varios momentos ambos pensadores.

La transcripción del debate (en inglés) se encuentra en Human Nature: Justice versus Power (Noam Chomsky debates with Michel Foucault)
(He buscado versión en español, pero solo he encontrado fragmentos).

Más sobre Chomsky en www.chomsky.info
Más sobre Foucault en foucault.info