18.7.06

Le Mat Diplomatique


El número de este mes de “Le Monde Diplomatique” incluye un breve dossier sobre el espinoso tema de la psiquiatría en su ambiguo rol de “protector”: ¿de la sociedad o de los enfermos mentales? Dos periodistas francófonos nos interiorizan en la realidad carcelario-psiquiátrica de Francia, y dos psiquiatras lo contextualizan a la realidad de Chile y Argentina respectivamente.
Tan peculiar unión, locura y crimen, o manicomio y cárcel es, por desgracia, antigua y arraigada. En una serie que transmite el canal Sony, una madre argumentaba: “Prefiero que esté en un manicomio a que termine en la cárcel”, en relación a un hijo con discapacidad mental a su cargo, y que estaba escapando a sus capacidades de control.
Francia tiene una larga historia de problematización de este tema. Desde la separación que llevó a cabo Pinel en Bicetre, señalando a los locos y distinguiéndolos de los recluídos por crímenes o atentados a la moral, hasta los trabajos de Foucault que advierten que una y otra vez se vuelven a anudar locura y crimen, no al nivel de lo realizado por los sujetos, sino en el nivel de un discurso institucionalizado que los reúne.
Una de las tesis de Foucault al respecto señala que la Psiquiatría alcanza su validación institucional al proponer una explicación causal a crímenes que no tienen ningún motivo explícito. ¿Cómo explicar un parricidio? ¿Qué lleva a Medea a asesinar a sus hijos? Locura transitoria. Una intensa emoción que subyuga la capacidad de juicio. Despecho, celos, envidia. ¿Por qué acuchillan a un sacerdote que acaba de efectuar una misa? Delirio paranoide. Esquizofrenia. De toda esta gente eventualmente peligrosa, de todos estos criminales en potencia, nos haremos cargo. Y en el siglo XIX eso significaba reclusión en un manicomio.
Pero en los más de 150 años que median, algunas cosas han cambiado, sobre todo en lo relativo al tratamiento psiquiátrico. Sin embargo, las leyes (escritas o “en espíritu”) no han corrido la misma suerte. Los peritajes que solicitan los juzgados nos siguen pidiendo un pronunciamiento acerca de la “peligrosidad” de determinado individuo. Y luego nos los envían para que tratemos las condiciones psiquiátricas o psicológicas que subyacen a la “conducta violenta” que manifiesta hacia su esposa o hijos, facilitada por su “consumo excesivo de alcohol”, así que de paso debemos tratarlos de eso “por un lapso no menor a 6 meses”. ¿Un juez determinando un tratamiento médico? Increíble, pero cierto.
El anudamiento es antiguo y complejo. Y como todo anudamiento, es confuso y enmarañado en sus hilos. Y difícil de deshacer.

Imágen: La carta "El Loco" ("Le Mat") de El Tarot de Marsella restaurado por Camoin&Jodorowsky
Le Monde Diplomatique (Edición Chilena)

11.7.06

Divinisimo superstar


En los últimos días se ha escrito uno de los capítulos más llamativos de la historia de la locura criolla. Su protagonista ha sido José Pizarro, también conocido como “el Loco del Carrito”, “el Bioquímico”, o como el gusta autodenominarse: “el Divino Anticristo”, o a veces simplemente “Isabelísima”. Los coprotagonistas han sido algo más anónimos que él, pero no por eso deben ser dejados sin mención: se trató en general de las personas que viven, trabajan, estudian o deambulan por el barrio Lastarria, y que pusieron la voz de alerta ante su súbita desaparición, en alguna incierta fecha de mayo o junio.
El Divino Anticristo es sin duda uno de los locos más emblemáticos de Santiago. Loco en el más amplio y antiguo concepto, con toda su carga de aceptación y exclusión. Un habitante marginal de la ciudad, pero de un margen tal vez demasiado próximo e interpelador. Trasgresor impune de las leyes de convivencia, ofensor del pudor con su transexuada vestimenta, misógino insultante de las “tipiquísimas”. Especie de reverso biotípico del Quijote, embestidor de micros amarillas y buses transantiago al mando de su enchulado carro de supermercado. Su vípera lengua se desata en presencia de un delantal blanco, su puño irascible se alza hacia las Torres San Borja: “Les voy a nombrar a los únicos médicos que valen: Ernesto Ché Guevara y Salvador Allende…”. Su desenfado le había ayudado a eludir por años a la amenazante “Internación Administrativa”.
Durante casi 10 años compartimos el nicho urbano del sector Portugal-Lastarria. Su venta de cachivaches esparcidos sobre un paño en la vereda abundaba en botellas de diferentes tipos (vacías, por cierto), libros usados, artículos de escritorio rescatados de la basura, prendas de vestir (íntimas y no tanto), maquetas “recicladas” de los estudiantes de arquitectura del barrio. Y por cierto sus escritos. O los escritos del Divino Anticristo, que es como están firmados. Desde hojas tamaño carta con el sugerente título de “¿Parece que no saben que es cierto que yo soy una mujerísima?” hasta revistas de artesanal encuadernación sobre “Con cuatro cohetes se solucionan las emergencias en helicóptero ta”. (Los helicópteros son otra fuente para sus deslenguados comentarios). En mi última visita a Santiago incluso creí divisar a la tenue luz del alumbrado público una “Antología del Divino Anticristo”, pero mis ojos me pueden haber jugado una mala pasada.

– ¿Por qué Divino Anticristo?
– Nietzche escribió el Anticristo porque ahí me anunciaba. Él es un escritor del pasado que escribió sobre mí en el futuro.
– O podría ser él el del futuro, y escribió porque supo de ti en el pasado. Con este asunto del eterno retorno…
– No – su mirada perpleja tenía un tinte de desprecio, mientras remarcaba sutilmente cada palabra –. Él era un escritor del pasado que anunciaba el futuro.

Fin de la conversación. Lo del tiempo relativo o los juegos lingüísticos no iban con la situación. Salí raudo con su “¿Parece que no saben que soy enciclopédico?” debajo del brazo.

El capítulo en cuestión comenzó (al menos para mí, a muchos kilómetros de distancia) con la entrada al blog de un biólogo de la Universidad Católica, que trabaja en Marcoleta con Portugal. Mostraba una foto del Divino Anticristo en la calle, con falda y pañuelo en la cabeza, y al lado una en la “Clínica Psiquiátrica Normita Fournet” (el nombre en sí ya resultaba surrealista: “normita”). Luego vinieron las menciones al artículo publicado en el The Clinic del 15 de junio, una nota en el decano de la farándula (LUN, 26 de junio), y una seguidilla de artículos en diversas páginas web y blogs, la gran mayoría relatando con estupefacción lo ocurrido y recibiendo infinidad de comentarios.
Su historia abunda en preguntas sin respuesta. Que si estudió en el Lastarria. Que si fue compañero de Schaulsohn. Que si se trastornó al incendiarse su casa. Que si fue herencia por línea paterna. Que si sus estudios de bioquímica hicieron que “se chalara”. O si fueron de letras, de ingeniería, de medicina, o de un largo etcétera.
Sobre su inofensividad no pongo las manos al fuego. Durante mi internado en la Posta Central, un médico me aseguraba haber atendido a una “tipiquísima” con un ladrillazo puesto en su occipucio, aderezado con una abundancia de improperios. Resultado: TEC cerrado. En otra ocasión recuerdo que se le imputaron varios pequeños incendios en los jardines del frontis de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Chile, por calle Portugal. Resultado: acoso de los guardias, que lo increpaban para que hiciera abandono de los jardines. Contra-resultado: improperios de vuelta y un críptico rallado con spray en el frontis:
Divino anticristo agente oficial del que vino.
Se visten de mujer no son Cantinflas. Las maricas valen mucho.
Alumnitos de la U discípulos de maricones ta.
Anticristo persona grata po.
Inexorable cachai.
Divino. El César ta puntitos rápidos.
Inprovistumpagcrashtapougclinlilinpunk.


Los blogs de quienes frecuentaban el Barrio Lastarria comenzaron a hablar de él, a poner sus fotos. Apareció un banner por allí, un blog “oficial” por allá liberenalanticristo.blogspot.com. Se convocaba a “La marcha de los pañuelos” para el sábado 1 de julio a mediodía, en Merced con Lastarria: todos con pañuelos en la cabeza, falda opcional. Su imagen, anteriormente fundida en el paisaje urbano, comenzaba a multiplicarse y divergir en muchos otros que de alguna manera lo reconocían como integrante de su entorno. Algunos ya habían ido con pancartas a la clínica, a manifestar su apoyo y a pedir su “libertad”.
La noche del 30 de junio, fue “dado de alta” por la división de la Municipalidad de Santiago que había gestionado su internación. Desconozco si habrá asistido a la marcha en su apoyo, o si habrá recibido el carro de supermercado que estaban solicitando para reponer el que le habían requisado. ¿Habrá vuelto con o sin máquina de escribir a la calle? Los que lo han visto dicen que volvió de pantalón y luciendo su incipiente calvicie. Con menos cachureos a la venta. Más limpio.
Los comentarios en la blogósfera fueron variados, pero sobre todo llamativos. Desde los que dudaban de lo inapropiado de su enclaustramiento, hasta los que abogaban por el respeto a su decisión de vivir como él lo hace. (¿Es la locura una “elección”? Parece que muchos piensan eso). Alguien se daba a conocer como “Ricardo”, su hermano, y agradecía la internación como una vía a la recuperación, que le permitiría a sus hijos por fin conocer al mítico “tío José”. Otros enrostraban a los defensores de la libertad su acomodada situación social que les permitía ver al Divino Anticristo como “pintoresco” y “decorativo” en un barrio. ¿Es respeto? ¿Es aceptación de la diferencia? ¿O es la necesidad de tener a alguien a quien señalar como “el otro”, “el distinto”, a fin de cuentas “el loco”?

20.6.06

El enigma


Su sonrisa se dibujaba tenue al contraluz. Sus pasos se grababan silenciosos en la tibia arena del atardecer, mientras avanzaba con la vista al frente, intentando atrapar aquel horizonte lejano.
¿Qué pensamientos evocaba? ¿Qué recuerdos inaccesibles de ocasos en otras arenas?
Mientras, yo me perdía en la ensoñación. Su figura recortada al aire, al sol tan cercano en esa tarde, al viento que ondulaba su largo pelo... que pronto dejaría de ser largo, una vez más.
"A veces siento que la gente que está conmigo sabe tan poco de mí, una mínima parte de lo que soy, de lo que hago, de lo que pienso..." Tus palabras me sonaron frescas, como si las estuviera oyendo por primera vez. Así, exactamente así, te sentía en ese momento: un enigma, hermoso como todo enigma, anidando la secreta y total comprensión de sí para quien supiera hallarla, para quien encontrara la oculta clave.
Me sonreí, y en complicidad con el rumor del oleaje, apreté el botón que me abría esa anhelada revelación.

16.6.06

El Espectador

Escarbando en la biblioteca he encontrado una serie de 6 libros bajo este nombre. No son actuales, pero iluminan la actualidad, la vida cotidiana. Es una serie de libros escritos por Ortega y Gasset desde el 1910, en los cuales reune artículos, ensayos y en general textos sobre diversas situaciones, experiencias o cuestionamientos. Sí, parece un blog, pero impreso y de hace una centuria atrás.
La claridad es su don. También la prosa ágil, el humor negro (bien dosificado), la crítica social y política a su entorno. A su "circunstancia", como el gustaba llamarla.
Es fácil encontrar en sus reflexiones la simiente del posmodernismo. Ya en el primer texto, en la sección "Confesiones del Espectador", plantea que la realidad es una, pero depende de la perspectiva del que la mira la descripción que de ella puede hacerse. El discurso, la anhelada "verdad", es inseparable del que habla.
Su lectura ha constituido en estos días invernales un verdadero placer para mi gélido cerebro. Ojalá comparta con tan ilustre tocayo algún gen de lucidez, de observación, de agudeza. Mientras tanto, sus textos iluminan mis tardes.

8.6.06

¿Y que paso con la bicicleta?


Corrían años turbulentos en Chile. Tal vez era el 84 u 85. Las protestas y paros estaban a la orden del día. La bullanza económica del dolar a 35 había quedado atrás. Había poca plata, y las cosas para muchos estaban duras.
En ese escenario, el Innombrable (o alguno de sus Sicarios) hace el gran anuncio: se entregarán bicicletas a los chilenos, servirán como medio de transporte gratuito, el sueldo mínimo cundirá más. (De paso el ciudadano se nos cansa pedaleando de ida y vuelta al trabajo, y ya no le queda energía para protestar, pero eso es algo agregado, no la esencia de la idea).
Idea por lo demás bien recibida y, oh, profundamente ecológica en un momento en que Santiago comenzaba a hacerse irrespirable.
Pero pasó el tiempo y las bicicletas no aparecieron por ningún lado. Y las protestas siguieron, y bueno, todo el resto es historia conocida.
Algunos años después, me recuerdo oyendo la vieja radio Sony negra, de un parlante, sintonizada en Radio Umbral. Y ahí estaba Florcita Motuda, recordando la oferta y lamentándose de su incumplimiento: "¿Y qué pasó con la bicicleta...?", cantaba mientras yo me reía de la triste anécdota, "... te echaste pa' trás..." increpaba al oferente desentendido del tema a esa altura, con muchas otras preocupaciones, entre otras un plebiscito que se venía encima...

Bicicletudos en Chile:
Arriba'e la Chancha (Ciclistas Urbanos)
Movimiento Furiosos Ciclistas

6.6.06

El dia de la bestia


En esta fecha tan sugerente, nada mejor que olvidarse de los sobremarqueteados "remakes" y disfrutar una vez más de un filme clásico, hilarante, deschavetado y alucinógeno como éste, que toma su nombre de un día como hoy...

23.5.06

Los discursos (ajenos) de los sueños


La conversación del domingo en la mañana derivó directamente de haber visto "El camino de los sueños" (Mulholland Drive) el sábado por la noche. La curiosidad por saber qué habían pensado otros sobre el filme me llevó a una página web en que los fans debaten y proponen teorías explicativas.
Es la segunda vez que veo la película. La primera vez rechacé el buscar una explicación "lógica" a la trama narrativa. Mi pregunta era "por qué", "para qué" encontrar una explicación, siendo que se sostiene a sí misma desde el lenguaje fílmico y visual. Esta vez pensé lo mismo, pero me intrigó el por qué muchos buscan darle una lectura desde la lógica; lectura que inevitablemente es una reinterpretación.
La conversación partía de la premisa de que la película tenía una estructura visual y narrativa de carácter "onírico". ¿Y en qué consiste esto? ¿Cómo llegamos a definir lo "onírico"? El discurso del sueño nos resulta inaccesible. Llegamos a él a través del recuerdo que tenemos por la mañana, y de la reconstrucción que hacemos de la infinidad de imágenes que conservamos (o que suponemos que conservamos). El relato no es el del sueño, sino que es el relato que nosotros hacemos del sueño. El discurso del sueño es un discurso prestado (por nosotros), le es ajeno, y por lo tanto puede ser tergiversado sin apelación. El sueño lo reconstruimos otorgándole elementos interpretativos propios.
¿Y cómo podemos llegar a catalogar algo de "onírico"? La conversación en ese punto se volvió más difusa, pero en grueso la idea era que en el sueño visualizamos situaciones que escapan a la lógica convencional sin que esto nos genere extrañeza (durante el soñar mismo, sí al despertar y recordarlo). Una persona puede ser 2 o 3 a la vez, y nosotros como si nada. Y por otra parte, lo visualizado en el momento no es contrastado con lo inmediatamente pasado (buscando una explicación) ni se usa para anticipar lo venidero (haciendo una predicción). Se podría decir que el sueño es la vivencia más perfecta del aquí y ahora, de una total sintonía emocional con lo que nos está ocurriendo. La gran mayoría de las veces no intentamos modificar lo que está ocurriendo, sino que nos limitamos a vivirlo.
Por supuesto que toda esta matinal disgresión queda al alero de la gran paradoja arriba mencionada, que estamos hablando del sueño sin estar en ese momento soñando, sino despiertos. Y debemos resignarnos a nunca poder oir directamente el discurso del sueño.

La página de fans de Mulholland Drive
La página oficial de Mulholland Drive

20.5.06

El flujo poetico


Lo de "Chile país de poetas" es algo que oigo desde que tengo uso de razón. Sin embargo, no recuerdo que en el colegio me hayan hecho leer poesía dentro de la asignatura que por aquel entonces se denominaba "Castellano".
Creo que el primer profesor que nos hizo relacionarnos más directamente con ella fue el de música, que en su afán de interiorizarnos en los devenires del "ritmo" nos hizo memorizar diversas poesías y declamarlas con diferentes ritmos y entonaciones. Buen método, pero aislado y no replicado por otros docentes.
Sin duda comencé a tomarla más en cuenta en aquellos extraños años de la adolescencia. Mal que mal, poesía es tradicionalmente sinónimo de romanticismo. Debo haber partido con alguna de las "Antologías" de Editorial ZigZag... Nada del otro mundo. Mistral, Neruda, españoles varios. Pero me resultaban distantes, su vibración no iba con el momento que vivía.
Así buscando llegué a Parra. Su "Obra Gruesa" fue un fiel compañero durante muchas clases de Historia, en que disimulado dentro del texto oficial del curso me permitía amenizar esas eternas peroratas sobre las obras de los gobiernos de La República.
Después vino Benedetti, con esa extraña fusión de poesía cotidiana-pomposa-comprometida-desencantada. "Inventario I" desplazó a Parra, al menos por un tiempo.
La universidad fue casi un temporal. Desfilaron ante mí Huidobro, Lihn, Teillier, Uribe, Borges (... Borges...). Hasta llegar al gran visceral que es Gonzalo Rojas, al que comencé a seguir por el circuito de lecturas universitario del 99 al 2001.
Finalmente abandoné los grandes volúmenes y llegué a los pequeños libros, casi de bolsillo, esos que pueden andar por meses dentro del bolso sin importunar, y que permiten salvar los breves momentos de tedio del día cotidiano con palabras comunes que forman susurros reponedores.
¿Hacia dónde seguirá este flujo?

18.3.06

Cuando James Bond deja de ser James Bond


A través de decenios (de años y de filmes) las historias de James Bond mantienen el mismo esquema. Siempre es un absoluto desconocido, excepto para el Servicio Secreto de Su Majestad. Nadie lo conoce fuera de su agencia.
Agrupa en torno de sí todos los íconos de la masculinidad de masas: automóvil último modelo full equipo, tecnología inimaginable para un ciudadano común, arrojo temerario, destreza en todas las formas de lucha y en el uso de todas las armas, seducción garantizada de cuanta chica guapa se cruce por su camino. Arrogante y jactancioso. Es el héroe a escala humana, el que no está atado a ningún rígido código ético salvo el de su supervivencia, el que no desperdicia ningún instante que le pueda reportar hedonismo ni incremento de su egolatría.
Y filme tras filme, la secuencia de seducción de la "chica Bond" se mantiene: todo su arsenal está dispuesto para finalizar en la escena de alcoba a media luz. Hasta ahí James Bond es el seductor por antonomasia.
Sin embargo, la escena siguiente también se repite en cada filme. El alba sorprende a Bond tanteando el lecho y, con desconcierto, buscando a su pareja. Pareciera no recordar quién ha estado con él. Pareciera no saber qué hace en ese lugar. Pareciera no saber cuál es su propia identidad. James Bond deja de ser James Bond. Está sin armas, sin tecnología, sin ropa y sin arrogancia.
El momento es breve. Por lo general algún ruido sospechoso lo hace despabilarse del todo, incorporarse brúscamente y tomar el arma que guarda bajo su almohada. Y todo vuelve a ser como antes, y el héroe ya está dispuesto para continuar la misión que le ha sido encomendada. Y volvemos a reconocer al Agente Secreto que, al menos por un momento, fue secreto incluso para sí mismo.

23.2.06

En busca de Proust


“En Busca del Tiempo Perdido" es un libro que todo psiquiatra debiera leer
(Dr Mario Gomberoff, Maestro de la Psiquiatría Chilena 2005)


Estas palabras, oídas en alguno de los seminarios del Profesor Gomberoff el año 2002, quedaron dando vueltas en mi cabeza. Su convicción resonó en mi espíritu de lector empedernido. Pero el tiempo, aquel escurridizo término, aún tenía cosas que mostrarme.

1. La búsqueda
A fines del 2003 y abrumado por una insostenible inestabilidad afectiva, mi búsqueda de un terreno firme me llevaba por múltiples caminos. Busqué el poder iniciar un proceso de psicoterapia, muchas decisiones importantes me agobiaban, y necesitaba canalizar, o si prefieren sublimar, mi angustia de aquel entonces.
Dos proyectos obsesivos surgieron en mí. El primero, recoger el pañuelo arrojado por el Profesor un año atrás, y leer de corrido los 7 tomos de Proust. El título era más que apropiado a mi estado anímico, no dejaba margen de duda acerca de cual era mi objetivo de ese momento: nada más y nada menos que encontrar el tiempo (mi tiempo) perdido. El segundo proyecto tenía un cariz similar: leer en orden cronológico la obra narrativa de Henry Miller, una forma de sublimación que, suponía yo, tenía más que ver con mi situación de vida de esos días.
Finalmente mi decisión recayó en Miller, y arremetí contra sus Trópicos, emborrachándome en sus disquisiciones sobre la obra artística, sobre el deseo, sobre la vida cotidiana y sus sorprendentes giros… Pero la industria editorial no acompañó mi decisión, y con desolación me vi privado del resto de sus novelas, que ya llevaban varios años sin editarse. Deambulé por librerías de viejos, por el Bio-bio, llamé a antiguos amigos sólo para enterarme del extravío de sus libros en manos de inescrupulosos lectores que no devuelven lo que se les ha prestado… Algo ocurría. La terapeuta a la cual luego de una gran búsqueda había arribado, me anunciaba que no podría iniciar un proceso de terapia conmigo hasta Marzo del 2004. Mi vida sufrió otros grande cambios, que son parte de otra historia… Mi intento por aferrarme a una estabilidad externa había fracasado. Sin duda mi sagaz Profesor hubiera dado más de una acertada interpretación a lo ocurrido, de haberse enterado.

2. Proust
Pero el péndulo vital volvía a acercarme al extraviado centro. La anhelada estabilidad apareció de formas insospechadas, resolví arrastrados conflictos, inicié mi terapia… lo que no cambió fue la realidad editorial, ya que Miller seguía “descontinuado”.
Corría Agosto del 2004 y el proyecto de leer a Proust volvió a rondar en mí. Pero la experiencia con Miller me hizo ser más precavido (y obsesivo). Busqué las ediciones que estuvieran en reimpresión, y que tuvieran cierto stock en librerías. No quería un collage de libros, quería los 7 tomos de la misma editorial, con la misma edición y traducción… y la encontré. El primer día de Septiembre comencé la lectura de la monumental obra.
Fueron 14 meses y 3738 páginas repartidas en los 7 tomos. Contra el mal augurio de muchos, persistí en mi lectura mes tras mes. Desfilaron ante mí y los libros turnos, fines de rotaciones, fin de beca, vacaciones, traslados a provincia, examen de beca… El camino estaba trazado y yo sólo debía seguirlo. Eso sí, con una buena cuota de perseverancia.
El libro arranca de forma cautivante: la fina disección de los recuerdos, evocados en sus distintos componentes, en sus sensaciones y percepciones, puesto al lado de la fragilidad de nuestra memoria y de la caprichosa manera en que nos presenta estos recuerdos. Fue un suave pero ineludible torbellino que me llevó al interior mismo de la experiencia humana, de mi propia experiencia cotidiana. Un cuestionamiento a mi sensación de individualidad, un signo interrogatorio a aquella forma de pensar y sentir que consideraba tan propia y particular mía. Ahí estaba Proust describiendo obsesivas rumiaciones, sentimientos de culpa, abordando a fondo la estructura del deseo, deteniéndose interminablemente en un mismo tema, una y otra vez, sin lograr agotarlo.
En un principio intenté tomar nota de los pasajes por los cuales transcurría la obra, una suerte de hoja de ruta personal de esta aventura que emprendía. Pero era tanto lo que anotaba, que opté por introducir pequeños PostIt en los pasajes relevantes… hasta que se acabaron. Finalmente, eran tantas las notas que hubiera querido tomar, tantos los lugares a destacar, que me rendí a la lectura abandonando la obsesión.
El intento de Proust de entregar un relato que abarque toda una vida exige calma. Tal como en la vida, hay momentos memorables y otros que podemos sentir como simple relleno. Relato y variaciones del relato y variaciones de las variaciones del relato… no por nada “Las mil y una noches” aparece mencionada en varias partes del texto. Como un entrañable amigo, Proust cautiva, entretiene, agobia con sus cavilaciones, se vuelve detestable por momentos… tal como nosotros mismos en nuestras cotidianas reflexiones.
Sin apelar a ninguna teoría psicológica desde el punto de vista de un experto, es capaz de dar profundas descripciones del deseo, de los celos, de la construcción de la realidad, del mundo intersubjetivo, de la inseparabilidad del artista con su obra de arte. Y de la inseparabilidad de nuestro mundo subjetivo y lo que definimos como “real”: casi, por momentos, como un moderno representante de las ciencias cognitivas… ¡si hasta llega a plantear la discontinuidad del “yo” a lo largo de la vida!
Y ya sobre el final, hace una maravillosa reconstrucción de su obra (y de su vida), da una nueva mirada a los momentos más significativos, y hace cobrar todo el valor que no vió en su momento a aquellos que sólo desde la experiencia se logran sopesar correctamente. No por nada Raoul Ruiz escogió este tomo para su hermosa película.

3. El cierre de la Gestalt: La vuelta a Miller
Al finalizar el último tomo, y con una confusa mezcla de sensaciones en el cuerpo, quise decantar la experiencia. Me marginé de la lectura formal, y sólo al cabo de 2 semanas me dispuse a buscar un nuevo libro que leer. Me encontré en un estante con las “Cartas a Anais Nin” de Henry Miller, y me pareció adecuado el formato de “carta” para retomar la lectura. Así sólo leía breves páginas por vez, sin una trama prestablecida, podía intercalar otros textos… Pero las primeras páginas me deparaban un insospechado hallazgo.
Durante 1932, época en que escribía “Trópico de Cáncer” y enviaba cartas a su nueva amada, Miller devoró “En busca del tiempo perdido”, y las impresiones que le causó su lectura eran tema de varias de las cartas a su amiga escritora. Su asombro era similar al mío ante la obra de Proust: también sentía esa profunda interpelación a lo que consideramos “nuestra vida”, a la vez que sentía plasmado en el libro una forma de sentir que consideraba como propia de su ser.
¿Era esto lo que al Profesor Gomberoff le llevaba a recomendar la lectura de Proust? ¿Esta sensación de que no somos tan únicos como pensamos, que en términos generales el “mundo interno” se rige por los mismos patrones de un individuo a otro, incluso en aquello que consideramos como más propio? Difícil saberlo sin preguntárselo.
De cualquier manera, vaya a través de estas líneas mi agradecimiento al Profesor por haberme inducido a tan sorprendente lectura. Por cierto que me sumo a su recomendación.

(Artículo originalmente publicado en el Nº 1 de "Laxitud 33", órgano oficial de la Asociación Libre de Becados de Psiquiatría, Diciembre 2005).
"Una imagen de Proust" por Walter Benjamin