
La
sexualidad como práctica o ejercicio corporal (más allá de la pura
genitalidad) ha estado durante demasiados siglos aprisionada por la
moral "occidental" de origen judeo-cristiano, y por lo tanto (al menos
teóricamente) confinada al plano de “lo privado”, encadenada al
concepto de “intimidad”, excluida del habla cotidiana “de buen
gusto”.
Michel
Foucault lo sintetiza en su “Historia de la Sexualidad: La Voluntad del Saber” con la siguiente propuesta: “... el puritanismo
moderno habría impuesto su triple decreto de prohibición,
inexistencia y mutismo.” Lo coloca en condicional (“habría...”)
pues a continuación plantea que a nivel de discurso la sexualidad ha
logrado hablar a entes específicos a quienes la sociedad ha
conferido dicho poder: a los sacerdotes durante la confesión y a los
psicoanalistas durante el análisis.
¿Qué
surge ante lo prohibido? El deseo. ¿Qué surge ante lo oculto? La
curiosidad. ¿Qué surge ante lo desconocido? La fantasía. Las
cartas están echadas: ante una práctica sexual invisible, surge el
porno. Antaño estampas dibujadas. Luego, fotografías. Últimamente,
filmaciones. (Mención aparte: el burdel como lugar que surge en los
linderos de lo real, inexistente como aparato productivo en un
sentido económico oficial, a la vez que próspero negocio para
algunos).
El
porno presenta la estereotipia de la imagen corporal de cada género
llevada a su punto de cristalización: hombres esbeltos y musculosos,
mujeres lúbricas y exuberantes. Como producto cinematográfico
destinado al consumo masivo, su canon estético es el de la sociedad
de consumo: aquella figura corporal que sólo se consigue luego de
adquirir onerosos productos dietéticos u hormonales, o de haber
“invertido” en cirugías estéticas y prótesis siliconadas
diversas.
Sin
embargo, lo que el porno muestra no es la práctica sexual, ni
siquiera las fantasías de sus espectadores: muestra lo fantástico,
esa quimera que surge a partir de lo no-visto. Las escenas
presentadas por el porno distan tanto de las practicadas por la
mayoría de las personas como la Tierra dista del centro de la
Galaxia (lugar de ese enigmático hoyo negro de la astrofísica). ¿Es
imaginable un porno canino, que muestre las prácticas sexuales de
los perros...? Nada más inútil, basta con pasearse
despreocupadamente por las calles para ver a los cachupines “haciendo
eso...”
A
la vez, los roles de cada uno de sus protagonistas caen en ese
encasillamiento pétreo que los inmoviliza y los deja imposibilitados
de cualquier esbozo de variante lúdica. La normatividad penetra y se
apropia de la que debiera ser una de las mayores manifestaciones de
transgresión.
Jean
Baudrillard, en su libro "De la Seducción", presenta al porno
como la rigidización sublime de lo fantástico-ilusión en oposición
a la fantasía-creación:
“Al
contrario, el porno añade una dimensión al espacio del sexo,
lo hace más real que lo real — lo que provoca su ausencia de
seducción.
Inútil
buscar qué fantasmas obsesionan a la pornografía (fetichistas,
perversos, escena primitiva, etc.), pues están eliminados por el
exceso de «realidad».
Visto
de muy cerca, se ve lo que no se había visto nunca — su sexo,
usted no lo ha visto nunca funcionar, ni tan de cerca, ni tampoco en
general, afortunadamente para usted. Todo eso es demasiado real,
demasiado cercano para ser verdad. Y eso es lo fascinante, el exceso
de realidad, la hiperrealidad de la cosa.”
¿Qué
queda, cuando incluso en el último reducto dónde debiera cobijarse
la liberalidad de la transgresión, aparece la estructura
hipernormativa de categorización del sujeto? Allí, donde el porno
se vuelve una caricatura de la transgresión, surge el postporno y el pornoterrorismo.
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